
¡Una roca!, me sentaré en ella y si no apareces desapareceré yo también. Cae el sueño como si la suavidad de una espesa nube quisiera abrazarme. Es tan agradable, me acaricia, me envuelve y dejo mi cabeza abandonarse en su blandura. Entorno los ojos y en un segundo todo se vuelve paz.Tengo miedo a preguntar por si se desvanece, pero nunca preferí la duda a la certeza.
_¿Quién eres? ¿Por qué es blancura tu rostro? ¿Por qué desprendes amor, si no te conozco?
_Ven, reposa tu cabeza en el ala derecha que vas a estar más cómoda. Dame tu mano que tan fría se encuentra y yo la llenaré de calor. ¿Estás agusto?. ¿Necesitas más?. No luches ya con tus pensamientos. abre tus labios y comienza a hablar.
_Ya no quiero hablar. Es tan placentero tu aroma que mis palabras huyeron para no entorpecer esta paz.
_Entonces seré yo quien susurree en tu oído.
_¿Pero quien eres?, ¿hombre o mujer?.
_No te inquietes, Dios no me dio una apariencia como la vuestra. Y cuando te cuente una historia recordarás quien soy.
Retrocede en el tiempo y en el lugar...
_Ya sé, te conocí en la Galicia de la Rías Altas, del mar bravío, de la lluvía y el viento...
_No, retrocede más, te ayudaré: tu nuevo hogar iniciaba su andadura. Uno más entre tantos que levantaste. Madrid de nuevo pero despejado, arbolado y cielo limpio. ¿Recuerdas eso?
_ No podía ser otro que el que tuve en Arturo Soria.
_Allí, allí mismo. Atareada en los preparativos de las comidas multifamiliares de los días del Sañor; los niños jugando en la zona ajardinada, cada pequeño al cargo de un mayor... Todo preparado al detalle, los abuelos, las tías...las sillas, desiguales porque iban saliendo de habitación en habitación.
¡Yayo! ¿y Yayo?, ¿Quién se encargaba de Yayo hoy?: eras tú; no, eras tú...que no que yo fuí ayer...
_Calla no sigas, aun mi corazón se acelera. Pero tú no estabas allí. Tú no eras un invitado más.
Calma, ten calma. Estaba y nadie me veía. En cuestión de segundos la casa y la vecindad buscaron y buscaron por todos los rincones de la zona. No hubo árbol que no batiera sus hojas para decir: "por aquí no ha pasado". La Yaya de los vecinos: "señora se lo han robado. Tan rubito, tan simpático, tan sociable. Si se iba con todo el mundo..." Calla Yaya, no sigas, no es posible.
_¿Pero tú cómo sabes tanto de aquel día?
Los demás se desperdigaron por aquel descampado trasero donde estaban comenzando nuevos pisos. Otros más lejos, hacía arriba, hacia abajo. Subiste a la casa para empezar a llamar a las comisarías. Una a una...todo negativas. La más cercana, la que os correspondía: "Señora no se preocupe que si encuentran un niño dan parte a todos. ¡No quiero partes, quiero que le busquen!!. Es rubito, ojos grandes, siempre riendo, no tiene aun los tres años.
_¿Por qué Señor será Madrid tan grande, y tan diferente al que dejé hace quince años?.
Nadie mencionó la comida, caminaban, caminaban en una búsqueda frustada. Tú con Borja en brazos y pegada al teléfono. ¡Suena ya, condenado aparato!, nunca él volvió a tenerte de aquella forma subyugada. Rezos y rezos, "Angel de la Guarda, Angel de Dios bajo cuya custodia le puso el Señor con amorosa piedad"... De pronto, la corazonada. Ni siquiera reconocías si aquel número de la policia había sido marcado antes. Te daba lo mismo, ya no soportabas el silencio y al otro lado del auricular...¿Recuerdas que tuviste que escuchar?.
_No lo voy a recordar, pero sigo diciendo que tú no estabas. "Señora qué tranquila es usted, este niño lleva aquí desde las tres de la tarde". Ni aquella grosería pudo empañar remotamente mi alegría. El resto continuaba sus pesquisas a lo largo y ancho de la zona. No podía haber ido muy lejos, cuestión de minutos y la alerta había cundido por la urbanización. Mi hermana y su marido fueron a buscarle mientras yo acunaba al más pequeño.
El traje era de cuadritos diminutos turquesa, pantalón y blusa desbaratados, Yayo reía y devoraba un donus que la policía había puesto en sus manos. Encantado, dijeron todos, sin llorar lo más mínimo. Un señor se lo encontró al otro lado del descampado, andando tranquilamente hacia no se sabía donde. Le dio la mano y se lo llevó a la comisaría de Bravo Murillo que estaba cerca de su domicilio.
¿Qué hubiera sucedido en estos tiempos, si alguien encuentra un niño así en medio de una calle solitaria?. Al otro lado del descampado no había nada.
¡Y qué no daría yo por haber conocido al señor que le dio la mano! En ese instante se desvaneció mi sopor, mis deseos de que alguien al fin me escuchara, se fueron mis ganas de luna...
¿Estabas tú allí?, no sonrías, ¿Lo estabas?.