
Cuando me adentro en la noche, termina mi búsqueda, ya no hay nada, ya sé que todo está cerrado, que estoy sola y mi mente descansa de pensares y sentires. Tú tampoco estás y no temo enfrentarme a la soledad. La soledad de la noche no tiene nada que ver con la del día, ésta la he buscado yo. Si no haces ruído, si permaneces callado, si no respiras y es solo mi aliento lo que te mantiene en vida, te dejaré pasar esta noche conmigo.
Si temes aburrirte, si buscas algo qué hacer o qué decir, mejor es que te vayas, ya me las arreglaré sin ti y sin nadie, pero si te quedas, abriré la ventana y miraremos juntos las estrellas. Es un secreto, en Madrid también se pueden contemplar las estrellas. Pasan para quedarse cuando todo se ha ido, cuando no hay luces que pretendan una competición absurda, cuando hasta las bocinas de los coches han enmudecido, cuando todos los ojos, menos los míos, se han cerrado, pasan y se quedan cuando saben que las espero.
Hoy te dejo a mi lado porque me rebosa el corazón, porque presiento que algo maravilloso me traerán esta noche las estrellas. Mira, mira conmigo allá, donde se desprende esa luz que cae hacia nosotros, la que emiten aquellas que forman un círculo ¿Sabes quienes son? Te va a sorprender, se llaman vulgarmente la Vía Láctea. ¿Por qué?
Fue la Mitología Griega quien así las bautizó. Cuentan que Zeus tuvo una aventura de la que nació el niño Hércules. Al no ser hijo de su esposa Hera, nunca podría ser inmortal, a no ser que aquella le alimentase con su propia leche. Hera, ofendida, se negaba, pero una noche, mientras ella dormía, acercaron el niño a su pecho para amamantarle. Hera se despertó y le arrancó suavemente de su pezón con lo que la leche se derramó por los cielos, formando el círculo de esas brillantes estrellas que ahora contemplamos. De ahí su nombre: Vía Láctea. Algo precioso y luminoso fue causado por un error de los dioses griegos.
Claro que también hay una explicación científica, pero yo prefiero la mítica. Aunque mejor te confieso lo que a mi me convence de verdad:
Tanto las estrellas, como los mares, como tú y yo y todo lo que la vista alcanza en este mundo, somos creación del Dios que no comete errores, el que llena mi corazón de alegría en medio de cualquier suceso, en medio de noches como ésta que no sabía lo que venía a buscar y le encontré a Él.