jueves, 26 de noviembre de 2009

PLACER DE DIOSES


Tres días tres, sin internet, todo un record para mi. ¿Qué hice? Infinidad de cosas:

Tomar el sol, respirar aire puro de sierra y jaras, recoger hojas y hojas caídas, contemplar desde el porche como volvían a caer... terminar de leer un libro que tenía pendiente, charlar con el jefe del clan familiar, claro que eso ya lo hago en Madrid cuando estoy escribiendo en el ordenador y me cuenta cosas tan interesantes e imprescindibles que le escucho con atención mientras tecleo, al fin y al cabo, la ventaja de esto es que no se necesita el oído para escribir o mirar la pantalla. Bueno, lo más emocionante de todo fue las cinco o seis horas que empleé nada más llegar en limpiar el frigorífico y el congelador. No os podéis imaginar qué gozada.

Resulta que, como hormiga previsora, al final de agosto, al presentir que no volveríamos en un tiempo largo, por operaciones y demás, dejé los dos elementos del frío abarrotados de provisiones. Cual no sería mi sorpresa al ver los alimentos congelados desinflados y escuchimizados, expandiendo un olor fétido por toda la casa. Aroma que aún se haya instalado de manera persistente en mi olfato. Ni tan siquiera tuve tiempo de enfadarme, esas contrariedades son las que nos hacen fuertes frente al desaliento. ¿Qué pudo pasar? Por lo que me dijeron, un potente y lárguísimo corte de luz, un mes atrás, ante el cual el diferencial no tuvo a bien volver a su sitio. Y yo que había pensado que me aburriría en aquellas soledades, ya véis ni siquiera me dió para echaros de menos, bueno sólo el primer día.

El otoño soleado que pude disfrutar, antes de la llegada de las lluvias, fue un exitoso reconstituyente para mi ánimo tan baqueteado últimamente. Los árboles que todavía amarraban sus hojas al tronco, tenían esos tonos entre oro y gualda de bandera española y, en su contemplación, las lágrimas hacían laguna junto a los labios. Las otras, las caídas, formaban un tapiz en el cesped que pena daba arrebatarle ese abrigo. La parra, granate y brillante, jugueteaba con el boxer de los vecinos y el verde del madroño, serpenteado de frutos rojos y amarillos simulaba un pre-aviso navideño. Placer de dioses el campo en otoño cuando los rayos del sol no queman, acarician el paisaje y el alma a la par que el cuerpo.


Pero el momento más disfrutado de estos breves días, fue el de contemplar una maceta plagada de petunias tardías, rojas y blancas, que habían sobrevivido a mi ausencia y falta de riego. Emocionada, no dudé en cortarlas para dejarlas entre las manos de la Virgen del jardín y dejarlas de vuestra parte, con un recado de cada uno, la más cercana al regazo de la Madre, con el mensaje del más contante de mis seguidores.

5 comentarios:

ARCENDO dijo...

Seré yo constantino?
Esas petunias, sin duda estaban destinadas a la MADRE, que bien hiciste en traerlas.
Me alegro que estos días, sin internet y sin "constantes", te hayan sentado tan bien, aunque te echaré de menos, será cosa de repetir la excursión de vez en cuando.
BESIÑOS CONSTANTINOS.

Militos dijo...

Yo no quiero, Arcendo, estar sin el constantem me hace mucha falta.

Besiños también constantes

Terly dijo...

Para los que te hemos echado de menos, estos tres días no han sido tan satisfactorios, pero... lo primero es lo primero, debes descansar y mereces el descanso.
Um beso.

maria jesus dijo...

Muchas felicidades Militos. Hasta ahora no he podido entrar en internet, pero me he acordado de tí. Un beso

Juliana dijo...

¡Que bonito es el otoño(mi estáción preferida) y que bién lo describes tu. Suerte en tu viaje y tu regreso