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jueves, 18 de septiembre de 2008

MEDITERRÁNEO


Amanecer en Alicante y no publicar una entrada marinera debe ser delito penado por la ley. Por lo que me obligo a solucionar semejante descuido.
Mis raices ascendentes son norteñas, descendentes gaditanas, por querencia gallegas, de nacimiento y residencia madrileñas, del barrio de Salamanca. Con tal pedigrí ¿cómo mis días playeros han venido a realizarse en el Mediterráneo?, la generosidad de un familiar cercano nos hizo el legado del pequeño aposento que disfrutamos en la playa de San Juan.

Hoy, como tantas otras veces, contemplaba la cresta de espuma blanca de las olas y una pregunta formulada sólo en mi cabeza: ¿Qué sería primero en la mente del Creador el dibujo horizontal del mar, el color o la espuma de las olas?. Todo en uno, el pensamiento y el acto creador. Así debió de ser. Por eso lo revistió de tanta perfección. Dios no necesita proyecto alguno para crear nada. En Él se funde el pensar con la acción. No empleó agua ni paleta de colores. Hägase el Mar y la tierra fue rodeada por tres cuartas partes del líquido elemento.
Mientras estas ideas templan mis anhelos, el mecer de las olas adormece mis sentidos y la duermevela va poblándose de navíos y lejanas costas. Un deseo incontenible de embarcar y navegar rumbo a la nada. Esa nada que no existe para el hombre porque de existir, él habría sido devorado por sus fauces borradoras. No embarco, estoy aquí navegando sin velero, ola tras ola, pretendo alcanzar la lejanía del horizonte trazado en una línea imaginaria que separa y une dos inmensidades, único lugar donde se haya custodiado el don preciado de lo inalcanzable.
Al regreso de lo infinito no me acompaña nadie, abro los ojos y nada ha cambiado, el peñón que se adentra en el mar me habla de firmeza templada por los siglos. La sombra dejada en la arena por las altas mareas dibuja extraños signos interrogantes; la gravedad de los sonidos marinos, la misma que tronando en la distancia nocturna alcanzaba el silencio de mi terraza, se atenúa ahora con el ruido insoportable de gruas y hormigoneras que, pasado un año, continúan abriendo las entrañas de la tierra, para incrustar en ellas los hierros de lo que serán las vías de un transporte urbano, que sí ha necesitado proyecto y dibujo para llegar a ser una realidad.
Está anocheciendo y dos ausencias me dicen que en mi navegar de duermevela no me he despegado de Levante. Una la falta de gaviotas y la que más decepción me provoca, contemplar como el sol se desvanece entre el torbellino desordenado de los edificios del lugar. Me gusta el Levante, seguiré acudiendo a él en mis días playeros pero acabo de tropezar con su gran defecto, precisamente el que le hace ser Levante, el sol no busca su reposo en el horizonte marinero. Aquellos atardeceres gaditanos, que hacían exclamar a mi madre: "no he visto nunca un cuadro como éste", no son más que tiempo pasado.
Tal vez el amanecer levantino supla con creces esta carencia. Mañana he de comprobarlo