
LLama, llama encendida que atraviesas ardiendo la madera más recia, te elevas a lo alto en contínuo prender, quemas cuanto se te acerca, te acerco ahora mi corazón incandescente para verle arder en tu fuego de múltiples colores; no me niegues tu calor con que quemar cuanto ronda a mi alrededor. Destruye con tu crepitar el amargo latir de la piedra incapaz de arder, endurecida por el frío agotador de los inviernos emboscados, sin razón ni peso. LLama ven a mi, arda en tu fuego todo lo caduco, lo que no vibra.
Siente conmigo el ansia de mi carne por tu fuego, por consumirse en él como los troncos secos que acerqué a tu hambre que siempre pide más. En mí arde un fuego que nadie alimenta con leños que se dejen consumir por el amor que palpita en mi corazón de madera, escondido entre las cenizas que vas dejando a tu paso, cenizas que año tras año almaceno en el viejo lagar, donde antes la uva, en vino convertida, alegraba mi vivir.
En esta noche oscura, donde el sol no brilla, recorro una a una tus desgajadas alas que acorralan al tronco cortado del árbol que fue. Tu danza intensa, el murmullo chispeante de tu aletear, atrae mi mirada y mis sentidos para gozosos quemarse en tu razon de existir. La imagen que me devuelves está pidiendo ardor, más ardor. LLama consumida, en brasa encendida continua quemando, deja de ser llama, deja tu fulgor, para ser la brasa que abrasa sin humo ni dolor.
LLama, llama prendida, quémame por dentro y por fuera, manten mi volcan ardiendo, yo seguiré encendida cuando tú no lo estés.




