Ya se veia venir. Siempre tuve miedo a esa ventana sin protección. Es verdad que alegraba mi despertar con frecuencia árido, ponía la nota de color suficiente para comenzar el día. Era todo mi paisaje en medio de la vorágine madrileña. Mi poesía, mi canción...mi te escucho, te miro, te necesito... te amo como sólo una planta puede amar. Mi aroma es corto, pero endulzo tus horas.
Qué haré ahora sin ella. ¿A dónde mirar cuando abra los ojos? Complemento ideal del negro café que despejaba mis párpados. Cafeína intensa para poner en marcha la maquinaria orgánica y color vivo para alentar la mirada externa.
Todo eso perdí en un instante de descuído y no era descuído, a penas terminada nuestra charla diaría, cuando ya se disponía a su letargo nocturno, cerré la ventana para evitarla corrientes de aire y ¡Qué casualidad! me vine a mi otro conversador diario, a esta otra ventana abierta al mundo. No me enteré de nada, todo debió ser cuestión de segundos... ¿Militos que has hecho con la maceta? ¿Dónde te la has llevado?... ¿Llevado? ...
Todo fueron carreras y miradas al pavimento gris de la calle. ¡¡ Horror de los horrores !! deshecha, descuartizada, mi canción, mi poesía transfigurada en tierra y tallos rotos. Una naciana que pasaba por allí intentaba salvar algun tallo agonizante. Yo no pude bajar a decirla el último susurro... ya la policia me pedía cuentas a la puerta de mi casa.
Viento traicionero que acechas sin avisar, como lobo devorador de inocentes ovejas que no sienten tus pisadas, ¿Por qué tuviste que llevártela a ella? ¿Por qué precisamente hoy, en el momento en que me acercaba a plasmar en letra Arial su último poema? El que me acababa de confiar como señal de agradecimiento a la persona que la mimaba durante mis ausencias. Viento amargo, soplaste en ráfaga asesina para arrancarla de mi lado y al instante calmaste tu ímpetu y desapareciste.
Tarde aciaga del 6 de abril, ¿quién suplirá este hueco en mi ventana? Aquí queda mi pena y aquí dejo sus últimas palabras:
¿Quién se acercó a mi ventana? ¿Quién en silencio, cuidó de amores mi planta? ¿Quién verdeo mis hojas? ¿Hizo brotar a mis flores, volcó calores de mayo sobre mis débiles tallos, miró... me dio los colores?
Trajo él, amor a mi lado en esta vieja ventana, lo musitó en canciones, aisló mi cuerpo del frío, del abandono y lo seco volvió en dulces temblores. De mi abandono en el frío, mirándome, hizo colores?
Regó mi sequedad urdida por las ausencias y olvidos, con el agua de su mano, vertida suave, alada, en halo ligero y cálido, como caricia de Hoja siempre perenne y callada.
Adiós geránio, adiós, hemos pasado todo el invierno, tú y yo, juntos y hoy te vi partir de la peor manera. La culpa fue del viento, ¿Quién llenará tu hueco?
El dios que predico, el dios del que hablo es Él. Dios, mi Dios que está dentro de mí, el Dios con el que hablo. Alguien dijo que mejor era hablar con Dios que hablar de Él.
Hoy hablo contigo, Señor, no quiero publicarte a los cuatro vientos, estás en mí, eres más mío que yo misma.
"Seréis como dioses", pero yo digo sin alardes, sin dudas, que quiero ser más, quiero ser Tú. Algun día, cuando ya esté próxima a Tí, lo seré. Ellos dejarán de verme a mí para contemplarte a Tí.
A imagen tuya me creaste y aún nadie te descubre en esa imagen que me diste. Mucho avancé por la vida y no llegué, despójame de este lastre para que Tú solo estés en mí y seas lo que los demás puedan contemplar.
Esa es mi batalla que va de perdida, que nadie apuesta por ella. Tengo las armas para empuñarlas, el brazo se abaja y las armas se oxidan de reposo forzado. Sólo la armadura en la que me pertrecho permanece brillante. Cuído la armadura y descuido el arma. La defensa es fuerte y el ataque nunca llega. Mientras en este refugio tu imagen se diluye en la quietud del reposo.
Dame el soplo divino, el soplo de tu viento batallador que me lance a la conquista de tu reino. Yo contigo seré Dios en la unidad del amor. Amor infinito que me trajo al mundo para en él forjar tu divinidad en mí y en los que me miran y no te encuentran. Mientras no te vean en mí, Tú no serás Dios en mí, ni yo lo seré en Tí. Largo camino me aguarda cuando a penas queda camino para lograrlo.
A tus pies me despojo de la armadura para tomar las armas, a cuerpo descubierto emprender la marcha, a fondo perdido, donde yo perezca y Tú, sólo Tú, vivas.
Mi nieta Elisha trabaja en esta obra representada en Londres. Hace tres papeles, pero el más destacado es el de un soldado tamborilero que actua al final de este fragmento. Elisha es inglesa por parte de madre y española por mi hijo Daniel. Tiene dieciséis años y una honda vocación por el teatro que comparte con sus estudios.
Estoy segura que llegará a ser una gran actriz pues a su edad tiene un gran dominio de las tablas.
Yo quisiera, Madre mía, adivinar cómo se clavaría tu mirada en la de tu Hijo. ¿Cómo le contemplarías clavado en esa Cruz y atormentado?. Sin palabras, ni de consuelo ni de dolor. Mirar sólo mirarle, darle tu vida en esa mirada, de la misma forma que un día se la diste en tus entrañas.
Y Él, Madre Dolorosa, no podría ni bajar los ojos hacia tí. Sufriendo por su dolor y sufriendo por el dolor, físico y moral, que involuntariamente te estaba ocasionando. Sus ojos cerrados, apagados...No tuvo más remedio que abrirlos para aquella entrega de tu maternidad al discípulo amado, a Juán. Y en él a toda la humanidad, a tí si me lees y a mí que hoy no puedo pensar en otra cosa que no sea aquella mirada de Madre dolorida. ¡Qué cruce de miradas, Madre. Poco antes, sus ojos te encontraron en el camino del Calvario, en su caída con la Cruz sobre sus hombros, caída a tus pies pidiendo perdón por el desgarre que te producía.
Él sabía, desde aquella altura de la Cruz, como atravesaría tu corazón, nido de amor, con la misma lanza con que fue su costado atravesado. Lo sabía y de sus labios agrietados no salió otra palabra que la de :"Ahí tienes a tu hijo". Y tu hijo soy yo y su hijo eres tú.
Madre Dolorosa, en estos días de pasión y muerte, por los siglos repetida, yo que sé lo que es el dolor de madre, mil veces peor que el propio dolor, vengo a que me mires, vengo a pedirte perdón por el dolor que, crucificando a Jesús, a nuestro Rey, a ti hemos ocasionado. Perdón Madre, perdón por tu dolor de Madre
Divino Corazón de Jesús: Ante la vista de tantos males como presenciamos en nuestra Patria, cómo merecido castigo de nuestros públicos pecados, recurrimos a Vos suplicando vuestra misericordia a favor de este pueblo de vuestra predilección. Acordaos de vuestra promesa de reinar en España y con más veneración que en otras partes. Que vuestro reinado de amor se establezca ya en nuestra querida España. Que prenda aquí con más fuerza ese reinado divino y de aquí se comunique por todo el mundo. Sea vuestro Divino Corazón la victoriosa bandera que presida nuestras justas ansias de restauración tradicional misionera y nos dé la victoria contra todos los enemigos de Dios y de la Patria. ¡Virgen del Pilar, Inmaculada Reina de España, acelerad el reinado del Corazón de vuestro Hijo! AMÉN P. jOSE MARÍA ALBA CERECEDA S.j.