
Seguro que las que os educastéis en colegio de monjas en una época cercana a la mía, aunque fuera bastantes años después, tenéis los mismos o parecidos recuerdos de la fiesta de la Inmaculada. Por eso me gustaría que me contáseis algunos de los vuestros, como yo voy a hacer ahora.
A pesar de que mi colegio se llamaba Loreto y su Virgen se celebra dentro de dos días, la fiesta grande para nosotras era la de La Inmaculada. Las religiosas pertenecían a la congregación Esclavas Concepcionistas del Divino Corazón (en la actualidad han suprimido lo de Concepcionistas y los colegios han pasado a ser propiedad del CEU) y su sede principal se encontraba en Sevilla, donde el Cardenal Spínola (ya canonizado) junto con una señora de alta alcurnia, que más tarde sería la Madre Teresa fueron sus fundadores. La mayoría de las monjas eran andaluzas. Nuestro colegio formaba parte de un patronato del Ejército del Aire, donde asistían las huérfanas de ese arma junto con nosotras. Cómo la Virgen de Loreto es la patrona del Aire, en su fiesta acudía el Ministro del ramo y una compañía de soldados le rendía los honores, después de desfilar por la calle O'Donnell. Celebraban una Misa solemne y una recepción en el colegio. Las alumnas no podíamos asistir a ninguno de los actos programados por lo que teníamos el día libre.
A pesar de que mi colegio se llamaba Loreto y su Virgen se celebra dentro de dos días, la fiesta grande para nosotras era la de La Inmaculada. Las religiosas pertenecían a la congregación Esclavas Concepcionistas del Divino Corazón (en la actualidad han suprimido lo de Concepcionistas y los colegios han pasado a ser propiedad del CEU) y su sede principal se encontraba en Sevilla, donde el Cardenal Spínola (ya canonizado) junto con una señora de alta alcurnia, que más tarde sería la Madre Teresa fueron sus fundadores. La mayoría de las monjas eran andaluzas. Nuestro colegio formaba parte de un patronato del Ejército del Aire, donde asistían las huérfanas de ese arma junto con nosotras. Cómo la Virgen de Loreto es la patrona del Aire, en su fiesta acudía el Ministro del ramo y una compañía de soldados le rendía los honores, después de desfilar por la calle O'Donnell. Celebraban una Misa solemne y una recepción en el colegio. Las alumnas no podíamos asistir a ninguno de los actos programados por lo que teníamos el día libre.
La Inmaculada para nosotras comenzaba la vigilia anterior, después de un día entero de preparativos. Se dedicaba la tarde a redactar cada una su carta a la Virgen que en teoría únicamente Ella leería. Pasada la edad de la inocencia, una llega a pensar que quizás alguna religiosa cayera en la tentación de comprobar si sus educandas iban por buen camino, ojeando aquellas misivas personales dirigidas a María, La mayoría de nosotras dormíamos esa noche en el colegio con las internas y festejábamos hasta pasada la medianoche, después de la cena y el acto de depositar a los pies de la imagen nuestras cartas.; con la seguridad más absoluta de que Ella pasaría la noche leyéndolas con todo su cariño de Madre. Pliegos de papel escritos por colegialas, llenas de peticiones ingenuas, de quejas infantiles, ruegos suplicantes y todo el amor de unos años en que nos enseñaron a valorar y querer a Nuestra Señora para toda la vida. En la distancia descubro la confianza con que cada una escribía aquellas líneas, seguras, segurísimas de que nuestra carta pasaría a las manos de la Virgen.
Al día siguiente las religiosas andaluzas nos despertaban con panderetas, castañuelas, campanillas y el alegre canto de "Los Campanilleros por la madrugá". Uniformadas y con velo blanco de tul hasta el borde del uniforme asistíamos a la Misa en la capilla inolvidable del colegio, donde en un alto camerín reinaba la Virgen de Loreto. Nuestras miradas se desviaban hacia la izquierda, junto a La Inmaculada y su pedestal con las cartas de la noche anterior. Más tarde las monjas nos las entregarían a cada una, asegurando que sólo Ella las había leído durante toda la noche.
Pasados los años pregunté a una de aquellas religiosas, siempre mantuve un estrecho contacto con ellas, porqué ya no se celebraban las cosas de la misma manera. Me respondió que eran otros tiempos y eso ya no gustaba a nadie. No me convenció su argumento y pensé que tal vez ni habían intentado probar si aquello, que yo no he logrado borrar de mi corazón, era del agrado de la infancia y adolescencia tan dañada de hoy día. Si no lo probamos ¿cómo vamos a saberlo?. Ya, ya sé que soy demasiado ingenua o soñadora sin sueño, pero creo que hubiese merecido la pena haberlo intentado.
La carta amarillenta que encabeza este post es la última que escribí una víspera de la Inmaculada, siete meses antes de mi matrimonio. No dormí esa noche en el colegio, pero fui a la vigilia para depositar a sus pies mi última carta de antigua alumna.





